Humor negro y acción en Nueva York

Antes de que oigamos las primeras palabras (“Todo tiene su hora”, de boca de Bruce Willis) ya se han sucedido cuatro asesinatos en pantalla, muestra del ritmo trepidante que El caso Slevin (2006) nos ofrece. Paul McGuijan -El misterio de Wells (2004)- consigue dotar a esta película de un desarrollo técnico y narrativo simplemente impresionante, consiguiendo que las numerosas elipsis que plagan el film, no provoquen fallos conectivos en el entendimiento del espectador. El guionista (Jason Smilovic), por su parte, logra dialogos inteligentes, rápidos y divertidos, que derivan en una acción explosiva y veloz.

Slevin (interpretado por Josh Hartnett) se nos presenta como una persona irreflexiva y bocazas, que acaba de perder su trabajo y a su novia, pillada infraganti en la cama con otro hombre (otro momento donde se muestra el humor negro e ingenioso, pues ante la situación ella le dice que no es lo que parece, respondiendo él mientras bebe de un tetrabrick de leche: “Sí..., ¿Tropezo y se te callo desnudo encima?”). El protagonista, ante tanta mala suerte, acude a casa de su amigo Nick, en Nueva York. Allí, lo confunden con él, y se ve inmerso en un ajuste de cuentas entre bandas, debido a que Nick les debía dinero. A partir de entonces, el guión comienza a dar giros narrativos -donde se observan influencias de Pi, fe en el caos (1998), de Lock and Stock (1998), y sobretodo de Tarantino- haciendo de este, un thriller intrigante y de lo mejor de los últimos años.

El reparto se completa con una gama de actores de lujo: Bruce Willis (en su papel de hombre sin escrúpulos), Morgan Freeman y Lucie Liu. Todas las interpretaciones muy correctas, en algunos casos hasta brillantes, lo que aporta mucha verosimilitud a la narración, uno de los pilares básicos para lograr que esta estrambótica historia se sostenga.

A esto se le añade una realización y fotografía moderna que, junto a la música cautivadora, logran disipar un final excesivamente torpe, concluyendo una película que nunca es tan inteligente como parece. Además, cabe destacar el ingenio para mostrar el enfrentamiento entre las bandas, ambas con rascacielos idénticos, uno a cada lado de la calle, coronados por castillos similares. El film logra imbuir al espectador en un mundo estrafalario, en algunos casos hasta ridículo (un ejemplo es que Josh Harnett se pasa media película desnudo, con tan sólo una toalla de cintura para abajo), pero, ante todo, su mérito reside en que consigue aunar lo absurdo con lo inquientante.

Un laberinto de falsas identidades que, a medida que discurre la película, se va saldando con la muerte de los personajes. Un antihéroe, sumergido en los bajos fondos neoyorquinos, de la mano de un director que aporta un estilo visual lo suficientemente personal para convertir esta obra en un thriller de culto.


1 comentario:

Marcos Ortega dijo...

Yo no la he visto, pero es la primera crítica buena que leo de esta película, creo que todo el mundo esperaba más con esos actores...