El cínico y veloz pasar del tiempo

Creo a ciencia cierta que a todo el mundo le llega el momento, antes o después, de plantearse su vida. Seguramente muchas personas lo hacen de continuo y varias veces al día. Algo tan difícil como contemplar tu presente y compararlo con las expectativas pasadas y futuras. Desde luego, que ese ejercicio se hace duro, aunque es tan necesario como el cruel paso del tiempo. Con esta arquetípica nostalgia y, heredero de sus obras anteriores, el francés Jean Becker presenta Dejad de quererme (2008). Callado, agazapado y en cuclillas arribó este film a las pantallas, donde las sorpresas más cualitativas se las llevó el público asistente a las salas.

En vez de dividir la obra en comienzo, nudo y desenlace; el cineasta decide contraponer los aspectos más enigmáticos del protagonista -Albert Dupontel- en dos sencillos actos. En el primero nos presenta a un publicista cínico y engreido, tan gilipollas como ingenioso, que ha dejado su lucrativo empleo y perfecta familia porque está harto de la frustración existencial que le supone su aburguesamiento. En esta parte, los veloces diálogos se enredan en la inteligencia que desprenden. Con un ritmo intrépido y constante, los personajes se enfrentan, mascullan y luchan por mantener o romper la realidad.

Cuando todo parece encaminarse hacia una irónica crítica social, comienza el segundo acto del que hablábamos. El guión gira drásticamente y el drama hace su aparición en pantalla. Todo lo que había de auténtico en la primera parte se mantiene, pero ahora el juego cinematográfico se traslada a la reflexión. Empezamos a vislumbrar que tenía de real y falso el protagonista, porque mostraba esa demencia egoista. La empatía con los personajes comienza a hacerse manifiesta entonces, cuando la realidad de los acciones se hace tan cruel como sus consecuencias.

El metraje se hace intenso a medida que nos acercamos el desenlace, comprendiendo a cada paso que damos con los personajes, la complejidad de amar a los prójimos. Pasamos a encontrarnos una soledad deseada y manifiesta, cuyo único objetivo era evitar el sufrimiento de aquellos a los que más quería.


Complicadas ideologías en 'Syriana'

El correctísimo saber estar de la Academia de Hollywood decidió que Syriana (2005) -que optaba a la estatuilla como mejor película- debía conformarse con el premio a mejor actor secundario. Cuando George Clonney recogió el Oscar se atrevió a denunciar la previsibilidad de ese "quedar bien" tan característico que se ha visto en el Teatro Kodak en los últimos años.

Con esta anecdota como entrada, la cinta protagonizada por el actor estadounidense es un thriller político complejo. Entre las bambalinas del poder nortemaricano, el director Stephen Gaghan -autor del guión de la aclamada Traffic (2000)- intenta entrever las complicadas relaciones que tejen la actualidad internacional, con Oriente Medio como eje. El petroleo, el espionaje o el terrorismo son meros instrumentos narrativos para acomplejar al espectador: quien lo sabe y desconoce todo, ensimismado en los islotes aburguesados del mundo occidental.

La historia se enrevesa en torno a las ambiciones y a las vidas de los personajes, quienes evolucionan según los factores económicos y políticos del poder. A pesar de ello, emocionalmente el metraje está cojo, pues las dificultades derivadas de la difícil trama, impiden que se transmitan sentimientos más allá del odio, venganza o resignación.

En ocasiones, la razón se instrumentaliza en el séptimo arte. Se hace necesario un discurso político que argumente y explique un posicionamiento social. Syriana es una clara demostración de las retorcidas y consfusas ideologías. La realidad es muy difícil de entender: un sólo árbol para demasiadas raíces.


¡Goku y sus amigos regresan!

Como estamos en Navidad y lo tradicional es que cunda la nostalgia, aprovecho para recordar que en el próximo año llegará el esperado -y mucho me temo que decepcionante- estreno de la película de Dragon Ball. Además, aprovechando el 40 aniversario de Shonen Jump, se ha estrenado un nuevo capítulo de la serie de Akira Toriyama. El título no podía ser más explícito: ¡Goku y sus amigos regresan!








'El Padrino', 'The Godfather' o una obra maestra

Los críticos, el público, los rankings y las listas de mejores películas o personajes lo han dejado claro más de un millar de veces. El Padrino (1972) es la número uno de la historia, la mejor trama que ha sido trasladada a la pantalla, el celuloide mejor aprovechado. Viendo el panorame pensé que, como ya está todo dicho sobre esta película, mejor dejar el teclado y a otra cosa. Pero después reflexioné y quise intentar seducir a los personajes de la cinta con unas palabras que no se hubieran pronunciado sobre ella, aunque seguramente sea imposible.

Los elogios sobran para el metraje de Francis Ford Coppola. El cineasta pausa cuando debe, acentúa el dramatismo en su justa medida y utiliza la fábula moral de siempre pero con los personajes más crueles del séptimo arte. Es curioso ver como las grandes películas de gánsters encumbran a sus directores: Scarface (1983) de Brian de Palma, Erase una vez América (1984) de Sergio Leone, Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995) de Martin Scorsese. Todas obras de arte, con la mafia como protagonista. Además, Los Soprano (1999-2007) también beben de la Familia que encumbró al intimidador, pausado y recurrente Marlon Brandom.

Por supuesto que la ferocidad del hampa tiene sus matices y para ello se alegó a un reparto excepcional. Los Corleone supieron interpretarse con un Al Pacino -Michael Corleone- recatado, que va soltándose a medida que discurren los fotogramas y termina por asentarse en el poder. Por su parte, James Caan -Sonny- es histriónico y terrorífico, pero lo compensa el maquiavélico Robert Duvall -Tom Hagem-. Este último, el Consillere, es uno de los papeles más sorprendentes de la película: representa a la fidelidad, la inteligencia y al más puro pensamiento empresarial -"Son negocios"-.

Pero El Padrino no acaba en las salas. Es un hito social y un referente cultural del siglo XX, que ha extendido sus alas a todas las disciplinas artísticas. No hay Dios que comprenda el mundo occidental sin una cabeza de caballo cortada y acompañando tus sueños. Coppola mezcló su correcto acadecismo con el clasicismo necesario, es una historia de golpes, de vida y muerte. Es puro cine. Yo decidí pensar igual: "Los italianos piensan que el mundo es tan duro que hace falta tener dos padres, por eso todos tienen un padrino."


Ingenio y alevosía, 'Malviviendo'

En Sevilla existe un gremio vilipendiado y respetado por pocos -aunque tampoco es que se merezcan mucho, la verdad-. Los gorrillas han creado en la capital hispalense un subempleo romanticón para muchos, heredero de la picaresca barriobajera de la ciudad. Ahora que el Ayuntamiento y el alcalde, el señor Monteseirín, han decidido luchar contra estos; resurge en la web una serie de calidad. Con un opening similar a Dexter, pero sobretodo con ingenio y alevosía, han desplegado en la red un primer capítulo épico, irónico y descojonante.

Es una alegría ver que lo que cuenta no es el dinero que haya detrás -según los creadores, el episodio sólo costo 40 euros-, sino que el ingenio es mucho más. Malviviendo recupera la esencia de las buenas series y deja en evidencia a la porquería audiovisual que las cadenas españolas se empeñan en programar. La basura para adolescentes seguirá en primetime, pero los últimos estudios apuntan a que los jóvenes ya no se entretienen con la tele, prefieren lo que encuentran en Internet. La verdad es que los entiendo.

Malviviendo, primer capítulo (1/2):




Malviviendo, primer capítulo (2/2):


Craig sí es ya Bond en 'Quantum of Solace'

De remontada andaba la cosa cuando Marc Foster recogió la batuta de director que Martin Campbell había defenestrado en Casino Royale (2006) hasta márgenes insospechados. Pocos creíamos que al James Bond más frío -y rubio- de la historia se le podía ridiculizar de aquella manera, pero la saga lo consiguió. Ahora tocaba levantar el vuelo. Aunque en Quantum of solace (2008) no existan milagros -no es una película que marque época, ni que se merezca el típico videojuego-, se recupera la esencia de los últimos filmes de Pierce Brosnan.

La cinta es lo suficiéntemente entretenida como para mantenernos en la butaca, aunque en muchos instantes queramos inyectar ritmo a los juegos de dobles identidades -al más puro estilo Bourne-. La voluntad del protagonista se somete y doblega ante el estilo de M, Judi Dench, que absorbe la atención de cada escena y plano en que aparece. Esta actriz no es ya una simple secundaria, sino que ha sometido la saga a su personaje y los sucesivos 007 son simples niños perdidos en un mundo de adultos donde se peinan canas.

Daniel Craig le ha dado un nuevo giro al protagonista. Superficialmente encontramos un Bond más vengantivo y salvaje, rebozando violencia por todos los poros. Pero sólo en apariencia. Tras la primera capa encontramos lo de siempre: acción basada en planos irregulares y movimientos de cámara vertiginosos. El problema de reiventar a un mito como James Bond lo hallamos a la hora de concordar pasado y presente.

El 007 que conocíamos era un tío elegante y seductor, -capaz de matar en Goldeneye (1995) a todo un regimiento soviético, tirarse con una moto por un precipicio y remontar el vuelo suicida de una avioneta-, que bebe martini con su inseparable pistola con silenciador. Esa es la base del personaje, pero si la rompemos, apaga y vamonos. Aceptamos que no se despeine tras caer desde 1.000 metros de altura y decidirse a sólo 5 segundos de tocar tierra a abrir el paracaidas. Lo aceptamos, siempre y cuando la historia y el guión también acompañen.


Frases para la historia (II)

Cuando se apagó la luz de la sala, los niños creyeron que el temido vaquero desenfundaría más rápido, las mujeres se acomodaron en la indulgencia y los hombres desearon volver a recrearse con las interminables piernas de Nicole Kidman en Moulin Rouge (2001). Pero sólo se hizo el silencio y el cinematógrafo empezó a rodar; y con él los cientos de fotogramas que ya habían dejado frases para historia.

"Para escribir el guión de una buena película hacen falta dos años, para rodarla dos meses, para efectuar el montaje dos semanas, para dar los últimos retoques dos días, para verla dos horas, y para olvidarla dos minutos", lo dijo Joseph Leo Mankiewicz.

Taxi driver (1976), "¿Me estás hablando a mí?":




Apocalypse now (1979), "¿Puedes olerlo?":




El show de Truman (1998), "Buenos días, buenas...":




La chaqueta metálica (1987), "En Texas sólo hay vacas y maricones":




El resplandor (1980), "¡Aquí está Jhonny!":


Ni Vicky, ni Cristina, ni Barcelona... sólo Penélope Cruz

Cuando comienza Vicky Cristina Barcelona (2008), Woody Allen nos presenta a dos personalidades similares a las que ya había utilizado con las protagonistas de Melinda y Melinda (2004). En este caso, a la explosiva Scarlett Johansson le acompaña la dulce Rebecca Hall. Debido a estas similitudes, el espectador asume que estamos ante algo que ya hemos visto, un film predicible. Ni mucho menos. La cinta absorve las mejores cualidades de un Allen retratista, que se encarga de dotar a Barcelona de un glamour señorial y lujoso.

La luz de las dos divas que parecen encabezar el cartel, las apaga una sorprendente Penélope Cruz. El director norteamericano se encarga de recuperar la parte más sensual de la actriz española, quien ya apuntó su despertar interpretativo con Volver (2006). Esperemos que deje ya de empeñarse en obtener la fama de Hollywood mediante auténticos bodrios taquilleros. Así, son ella, y el ibérico Javier Bardem, quienes terminan por asumir el peso narrativo. No son meros secundarios, sino que los juegos idiomáticos entre ambos -devorando con un ritmo vertiginoso las barreras entre el inglés y el español- se convierten en un arma poderosa para la historia. Imprescindible verla en versión original.

Los inteligentes diálogos no son ya una sorpresa para el público, acostumbrado al genio neoyorkino. Tan poco el costumbrismo y clacisismo con el que sabe dotar a todas sus películas. Ni siquiera los giros del guión son tan imprevisibles como en otras ocasiones. Pero la trama consigue sonsacar la sonrisa -incluso la carcajada- con unos instrumentos pocos utilizados por el director. En este caso, son los protagonistas quienes nos hacen reir con sus interpretaciones, sobretodo cuando ambos actores españoles coinciden en el mismo plano.

De por sí, la banda sonora también tiene su curiosa historia. Los músicos, los catalanes Giulia y los Tellarini, dejaron un CD de su primer disco en el hotel de Woody Allen. Este, tras escuchar los temas, decidió que uno de ellos se convertiría en el hilo conductor del metraje.

Nos encontramos ante una obra excitante y endiablada, pero lejana de la maestría de Match Point (2006). Aunque, como siempre, las dudas morales, el aburguesamiento social y el enfrentamiento entre las vidas queridas y deseadas, se inmiscuyen en el alma de quienes observan la cita anual con la que un genio del cine decide deleitar a su ego y al del resto.

Un vino aguado en la casa de los Scott

Las historias de Ridley Scott encandilan, ya sea potenciando uno u otro elemento de las técnicas audiovisuales: con Blade Runner (1982) se convirtió en un autor de culto, con Gladiator (2000) se ganó al público más épico. En Un buen año (2006), en cambio, el cineasta recurre a la comedia más suave y a un lirismo con moraleja.

Francia como escenario y Russell Crowe como protagonista, que interpreta a un estereotipado hombre de negocios del Londres más competitivo. Cualquier espectador se sentirá encandilado por las dulces líneas de la trama y muy dolido por los clichés neuróticos, recurrentes en los fáciles chistes que se repiten en la historia. Al fin y al cabo, todo lo que se muestra encamina a un simplismo moral y ético: la felicidad que se haya en el contemple de la vida.

Es verdad que el principio tiene el ritmo necesario en toda comedia pero, a medida que la narración avanza, se intenta engañar al público. La sensiblería en demasía o el recuerdo de los clásicos, obran como arma de doble filo para la propia cinta. Los actores se matan a lo largo del metraje: sus personajes se recrean en un humor facilón y vulgar -que deja escenas patéticas, como un partido de tenis entre Crowe y el responsable de su viñedo-.

Ni siquiera ese guiño a la infancia convence, porque para ello ya encontramos la correctísima y entrañable Cinema Paradiso (1988). Es una cosecha aguada, falta del aroma suficiente para encandilar, aunque correcta en el tono y en el color. Este último, abonado por algunos inteligentes diálogos y el formidable Albert Finney.


Tráiler de 'X-Men Origins: Wolverine'

El mes de diciembre es ideal para las productoras. Por un lado, sacan a la luz todas las películas sensibleras de Navidad, aptas para niños y para los que no lo son tanto. Pero también es momento de anunciar los filmes que se preparan para el año nuevo. De ahí la cantidad ingente de tráilers que estan invadiendo la red en estas fechas. Es el caso de X-Men Origins: Wolverine (2009), que nos trae a Lobezno y nos explicará el qué, cómo y porqué de uno de los más famosos pupilos del profesor Xavier.

'Nosferatu' ya no da miedo

Con el expresionismo alemán y la obra de Murnau en la retina, Werner Herzog rodó -con un presupuesto mínimo y un equipo de tan sólo dieciseis personas- la espectral Nosferatu, vampiro de la noche (1979). El cineasta recuperó la esencia de la obra de 1922, considerada por los críticos la mejor adaptación del Drácula de Bram Stoker, y la acercó al público de finales de siglo. Emplea las nuevas técnicas narrativas audiovisuales, sin perder los tonos y la oscuridad tan necesarios para hacer creíble al rey de los muertos.

El principal problema que presenta es que no es una película de miedo al uso. El desfase generacional le impide seguir potenciando los efectos visuales que pudieron aterrorizar en los años 70. Eso ya no vale: no sirven las sombras ambientadas en una ocre Europa central. Si qusieramos trasladar el horror de los vampiros a la actualidad, a la primera década del siglo XXI, no debemos conformarnos con un film correcto y entretenido, que peca de ingenuidad.

La historia recupera la trama original y se centra en la personalidad inquientante de un Conde aterrador, retozante en una imagen diabólica e interpretado por Klaus Kinski. Con su calva, largos dedos y uñas, el actor se ha convertido en un auténtico icono de la Alemania más oscura. A petición de la distribuidora estadounidense, 20 Century Fox, la cinta fue grabada a la vez en inglés y alemán para poder ser distribuida en los EEUU. Como es lógico, la interpretación de los actores es más forzada en la versión americana, debido a la dificultad del idioma.

Nos hallamos ante un cine rural, lejos de las grandes villas de Hollywood y del lujo experimetal del París más Bohemio. Es un descolorido metraje que impide ver los recursos del cine moderno, pero nos adentra en un séptimo arte escorado en las sombras de las callejuelas centroeuropeas.

Tráiler de 'Terminator 4'

Con dos peliculones como precedente -Terminator (1984) y Terminator 2: El juicio final (1991)- y un auténtico bodrio en 2003 -Terminator 3: La rebelión de las máquinas-, la cuarta parte de la saga que encumbró a Arnold Schwarzenegger vuelve. El principal miedo de todos los que añoramos la esencia de los simpatiquillos ciborgs asesinos es que se vuelva a repetir el desastre que trajo Jonathan Mostow a principios de siglo. Por ahora, debemos estar contentos, el tráiler apunta lejos:

Pero... ¿quién es 'El jefe de todo esto'?

Si Lars Von Trier fuera francés y no danés, y escribiera obras de teatro en vez de dirigir películas, diría que detrás de El jefe de todo esto (2006) no está sino la increible firma del absurdo Eugène Ionesco -padre de la afamada La cantante calva (1950)-. Pero no es el caso. El autor de la genial Bailar en la oscuridad (2000), se enfrenta a una comedia disparatada e incongruente, que atrapa al público con los enrevesados diálogos.

El principal punto a favor lo define el propio narrador del film. "La base de toda comedia es el ritmo", afirma. Y es precisamente el elemento que no falta en el metraje, sobretodo en una primera hora frenética, donde nos tenemos que hacer con las extrañas personalidades que presenta el cineasta europeo.

La extravagante historia que el guión quiere hacer verosímil es complicada. El dueño de una empreas informática nunca le ha dicho a sus empleados que él es el jefe, pero llega el momento de la venta de la compañía y necesita contratar a un actor para que lo represente en las negociaciones. Así, cada trabajador tiene ya una imágen formada del director y, ésta, contrastará con lo que se les muestra ahora ante los ojos.

Aunque parezca una obra ligera, la profundidad dramática es latente. Una carga emocional dirigida a la farsa empresarial dominante en la capitalista civilización del siglo XXI. Es un sueño frenético que empieza en el humor y termina en la más suave e irónica crítica social.


Tráiler de 'Fanboys'

No sé el porqué pero intuyo que esta cinta va aser un refrito aburrido de las típicas películas americanas para adolescentes. Aún así Fanboys (2008) tiene algo de originalidad. Una pandilla de frikis de Star Wars quieren cumplir la última voluntad de un amigo: ser los primeros en ver La Amenaza fantasma (1999). Con esa idea marchan para el rancho del Señor George Lucas, donde se supone hay una copia. Seguramente no sea más que otra estupidez taquillera, pero, reconozcámoslo, algo de gracia tiene. El tráiler y vámonos que nos vamos:


Sin futuro en 'Hijos de los hombres'

Alfonso Cuarón adaptó al cine la novela de P. D. James que peor aceptación de crítica y público recibió cuando fue publicada, allá por 1992. Hijos de los hombres (2006) se ambienta en un futurista y apocalíptico Londres, encuadrado en un mundo donde ya no nacen niños. La cinta arranca con la muerte del ciudadano más joven de la Tierra y nos adentra en un universo de guerrillas motorizadas al más puro estilo Mad Max (1979).

El cineasta mejicano retrata una sociedad opresiva y totalitaria, con claras referencias a 1984 de George Orwell. Asi, a medida que los fotogramas van corriendo, el espectador tiene la sensación de que ya conoce la historia. La cinta peca de aires de grandeza y rechina ese intelectualismo suburbano que sobrevuela la verdad del metraje.

El drama está servido desde el momento en que se nos presenta al protagonista -Clive Owen-: el perfecto antihéroe. Nadie espera nada de él. De este postulado parte la acción dramática que encadila al público, porque ¿queremos salvar realmente a la civilización? El personaje nos sirve de guía por un entramado de almas en pena, perdidas en la incomprensión de un mundo sin futuro.

El problema llega cuando reposamos la película y la analizamos al detalle. Hijos de los Hombres interpela al espectador en un diálogo anárquico, donde todo parece más inteligente de lo que realmente es. Pero le salva esa cruda visión realista, teñida por una ciencia-ficción más cercana a la verdad de lo se puede esperar.


Reparto de lujo en 'L.A. Confidencial'

Comenzar a hablar bien de L.A. Confidencial (1997) es tan fácil como remitir a su espléndido reparto. Kim Basinger está arrebatadora, sexy, perversa y peligrosa; Russell Crowe es arrogante y amoral; Kevin Spacey adquiere tantos registros que resulta inclasificable; DeVito se reinventa a sí mismo; Guy Pearce es repugnantemente trepa y ético; y James Cromwell es el hilo de una trama enrevesada que sólo su genial maestría dramática puede encauzar.

En 1997 la alfombra roja de los Oscar no hizo justicia, como suele pasar, y esta redefinición del thriller policiaco -un claro origen, junto a Seven (1995) de David Fincher, de lo que los críticos llamaron neonoir- tan sólo alzó dos estatuillas. En cambio, el lacrimoso éxito taquillero de Dicaprio, Titanic (1997), obtuvo once.

Pero el tiempo pone las cosas en su sitio y las buenas películas donde se merecen. Mientras que el Soy el rey del mundo de Leonardo hay que buscarlo con lupa en los videoclubs, a los corruptos personajes de Los Ángeles se les coloca junto a los clásicos del siglo XX. Eso sí, reducir el metraje a una sinopsis de unas cuantas líneas es complicado, basicamente porque esta cinta esconde un sinfín de subtramas y enfrentamientos entre los protagonistas. Algo tan complejo que se hace imposible explicarlo en un simple parrafo.

L.A. Confidencial es una película con mayusculas, una cinta de culto y un profundo retrato de los entresijos del poder. Abrazado por las ansias de popularidad, Spacey se convierte en el escudero imprescindible de Crowe y Pearce, quienes aglutinan las atenciones del guión. Pero los mimos de la historia son para Basinger, irreductible mujer sólo al alcance de los privilegios que regala la sima de Hollywood.

La narración se versifica de la mano de Devito, autor de Secretitos, que le otorga la originalidad a un mundo de perversión marcado por las drogas, el sexo y la corrupción. Además, faltos de Rock and Roll, la acción enmarca un final épico, idóneo para mentes abiertas a la nueva generación del mejor cine negro. Es un chantaje emocional al amor: "Esto es Los Ángeles y tú no tienes alas".


Al ritmo de los fantasmas

Uno de los mejores subgéneros que dió el cine de los 80 no tiene nombre como tal, pero plantó sus bases en la comedia y en la acción. Lejos, la mayoría de películas, de convertirse en productos de culto para críticos resabidos, me parece incríble que pueda seguir divirtiéndome y riéndome tanto con el ingenio de películas como Superdetective en Hollywood (1984) o Jungla de cristal (1988).

En este caso, nos acercamos a un film que dejó huella también a través de su banda sonora, convertida ya en un clásico. Sólo Los cazafantasmas (1984) han conseguido que desee abrir la puerta a un monstruo mocoso de color verde.

Te ocultas mal Andy, 'La ciudad perdida'

Si intentas convencer de algo debes procurar que no se note en un principio; pero si se hace inevitable el descubrimiento, otorga al menos a tu interlocutor unos argumentos creíbles y poderosos. Andy García decidió filmar algo distinto: crear una película política escondida tras un protagonista -Fico Fellove- que parece inocuo y neutral, pero que no lo es tanto. En La ciudad Perdida (2005), el cubanoamericano es tan torpe a la hora de narrar la historia de una familia acomodada en la era de Batista, que arrastra con él a la correcta realización y a otros personajes que daban mucho más de sí.

Encontramos a un personalidad ingeniosa en el rol interpretado por Bill Murray, salido de la pluma de Guillermo Cabrera Infante. Tan ocurrente, perpicaz e inteligente que no encaja en la narración. Rechina a la hora de ajustarse al resto de piezas de la trama. Pero no sólo ocurre en este sentido, ¿Por que adoptar el punto de vista de alguién que no tiene ideales? ¿Es que aporta elementos al fin tan necesarios que se hace indispensable? Por supuesto que no. Fito debería ser un simple narrador y no el eje del film, porque los sucesos que interesan al público no giran a su alrededor.

Es por ello que sus propios hermanos eclipsan al protagonista. Ellos se mojan, pelean y quieren modificar el estado de las cosas. Y esto es básico a la hora de filmar una película, porque si no queremos cambiar nada, no tenemos una sucesión de hechos -no hay relato-; sólo una fotografía o un cuadro. En este caso, necesitamos del movimiento.

Así, entiendo los motivos por los que García elige a Fico para adentrarse en la historia de Cuba, pero ¿por qué tiene este director que esforzarse por parecer neutral? Seguramente para no ser tildado de fascista por los que se autoproclaman paradigmas de la izquierda. Al final, como resultado, encontramos en la sala una película lenta y fatalista -que aporta poco-, y varios reproches que hacer. El primero dirigido a la espiral de moral existente: ¿Por qué habeís creado un clima donde hay personas que tienen miedo a manifestar sus ideas si estas no coinciden con las políticamente correctas? El segundo es para García: ¿Tan ridículo y cobarde has sido que no has sabido o querido plantarles cara?

'Fantasmagorie', primer corto animado de la historia

Antes de que se nos vaya este 2008, debemos hacernos eco de uno de los aniversarios del presente año. El 17 de agosto se celebró el centenario del primer cortometraje animado de la historia del cine. Era Fantasmagorie (1908) de Emile Cohl.

Este revolucionario personaje utilizó 700 dibujos de tinta negra sobre papel blanco impresos en negativo para que las imágenes parecieran estar hechas con tiza. El séptimo arte ya no es ese precario cinemascope, ni esos cartoncillos sucesivos, ahora es una auténtica industria de sueños donde, aunque pase el tiempo, lo más importante sigue siendo contar buenas historias.

El más humano: 'El hombre elefante'

Es imposible que cuando David Lynch decidió finalmente dirigir la magistral El hombre elefante (1980) -con el guión de Eric Bergren y Christopher De Vore- no viera en el texto más allá de la temática superflua del metraje: la belleza interior contra la exterior. La cinta es mucho más que esa simple contraposición. Esta obra excepcional muestra sobre la pantalla al género humano más real: el gusto por el morbo, la degradación de los semejantes, la compasión, etc.

A todo esto se le suma la certeza de que lo que se cuenta es tan inverosímil que la realidad volvió a dejar en mal lugar a la ficción. John Merrick existió -aunque como Joseph Merrick- en el siglo XIX. Su historia es verídica y Lynch sabe contarla con la crueldad necesaria para exaltar la sinrazón de cualquier alma.

La narración es agobiante por la intensidad dramática. Además, el director sabe jugar con el suspense y el propio morbo del espectador. El público es el último en conocer el aspecto del hombre elefante: casi media hora tardamos en descubrirlo. Antes ya ha sido prejuzgado por los personajes de la película. Para la clase baja es un ser repulsivo y alejado de toda raza; para los ilustrados burgueses, un mero espectáculo circense.

Aún hay más. La ambientación es tan perfecta que parece ser un film de los años 40. Entre fotogramas, nos adentramos en la visión del amable doctor Frederick Treves, interpretado de forma sensacional por Anthony Hopkins. En las dos horas de duración, no hay tiempo para el descanso. El espectador sufre tanto como la criatura que se muestra. No hay ojos humanos en los personajes, sólo en el protagonista.

Al final, sólo queda recordar una de las frases más significativas de la historia del cine. Algo que restara para eras posteriores. Un símbolo: "Yo no soy un monstruo... Soy un ser humano... Un hombre". El hombre elefante fue nominada a ocho Oscars, pero desgraciadamente no se llevó ninguna estatuilla y fue Gente Corriente (1980), en su lugar, la triunfadora de la noche. Mel Brooks no pudo ser más claro: "Dentro de diez años Gente Corriente sólo será una pregunta más en el juego del Trivial Pursuit, mientras que El hombre elefante será un film que la gente seguirá viendo con interés".


Morbo en 'Acoso'

Lo peligroso del morbo en una película es que éste se convierta en el eje fundamental y en el único recurso factible para un director. Si nos adentramos en Acoso (1994) -de Barry Levinson- encontramos en la cinta más que sexo, aunque este elemento se transforme en el principal recuerdo de todo aquel que se decide por visionar el metraje.

Eso es lo patético del film: que el realizador haya sido demasiado torpe e incapaz de evitar que una escena -de menos de cinco minutos con contenido explícitamente sexual- eclipse la correcta actuaciación de Michael Douglas y a la despampanante Demi Moore. Por lo demás, nos hallamos ante la clásica película de suspense de los 90, aliñada con la fuerza narrativa de Michael Crichton, autor de la novela homónima y en la que se basa la cinta.

La historia cuenta como un alto ejecutivo de una empresa de tecnología punta es acusado de acoso por su jefa. Con unos giros de guión impredecibles, el argumento trata de los juegos de poder dentro de las grandes compañias. Presenta unos personajes que se pisotean y se odian, en un marco donde la competencia es la única ley. No hay moral, ética y mucho menos relaciones de amistad.

Tráiler de 'La Ola'

A La Ola (2008) se le considera la cinta alemana del año. Desde las tierras germanas llega una nueva historia inspirada en el autoritarismo nacionalsocialista. A través de la crítica al sistema y al revisionismo histórico, plantea una cuestión muy simple: ¿Crees que el terror del Tercer Reich no se puede volver a repetir?

Con estos preceptos, nos enfrentamos a un profesor que comienza un experimento en su clase. Reducir poco a poco la libertad de sus alumnos, convirtiéndolos en meros instrumentos al servicio de la colectividad. La idea se le va de las manos:

Arriba a la estación, 'El tren de las 3.10'

Los vaqueros han muerto al oeste de la cámara. Pocos indios campan ya por las anchas llanuras del séptimo arte y son inapreciables los ecos de revólveres. Ni el Sin Perdon (1992) de Clint Eastwood -con cuatro Oscars sobre la espalda- consiguió revivir un género maltrecho y denostado, olvidado por los cineastas de medio pelo, que se empeñan en retratar una sociedad filmada hasta el más ínfimo detalle.

Ha tardado un año en llegar a las pantallas españolas, pero El tren de las 3.10 ya llevaba desde el 2007 deleitando al público estadounidense. Es una pena que películas como esta tarden tanto tiempo en llegar a las salas y eso que no deja de ser un film comercial. James Mangold se ha atrevido a remakear el clásico homónimo de Delmer Daves de 1957 y no ha defraudado.

En esta ocasión son Russell Crowe -como el corrosivo líder de una banda de asaltadores- y Christian Bale -un bondadoso padre de familia- los que se enfrentan en el cartel. No hay odios ni pugnas pasadas de por medio, tan sólo el dinero contante y sonante. Pero la humanidad no se puede simplificar y lo que comienza como una relación comercial, termina fragando un respetuo mutuo por lo que cada uno representa.

Los protagonistas se compenetran, dialogan y prometen al público escenas de acción al más puro estilo western. La historia no flaquea en ningún instante y el espectador siente el regustillo de las áridas tierras del Far West. Además, en ciertos momentos se aprecian claras referencias al cásico de Dos hombres y un destino (1969) de George Roy Hill -protagonizada por los excepcionales Robert Redford y Paul Newman-.

El cine le debe tantos grandes momentos a las rechinantes puertas de los Saloons, a los jinetes caidos una y otra vez al alcance de las balas, que uno de los constantes premios honoríficos debía de otorgársele a este género olvidado. Es una pena que los niños ya no pidan sombreros y pistolas por Navidad, es una pena que ya no se escuche su algarabía mientras el héroe se aleja solitario por la llanura.


Vuelve a sonar Affleck: 'Adios, pequeña, adios'

Una antigua fábula española -andando de por medio Tomás de Iriarte- repite hasta la saciedad la casualidad de que un burro tocara la flauta de manera magistral. Ben Affleck sufría, hasta hace poco, del mismo sintoma. No eran pocos los que acusaban al actor de haber sido tocado por la vara del azar al escribir el guión de El Indomable Will Huntig (1997) y, los mismos, otorgaban a Matt Demon la autoría de la calidad artística que se halla en la cinta.

Para acabar con este desgraciado estigma, Affleck decidió adaptar una novela de Dennis Lehane, originándose así la semilla de Adiós, pequeña, adiós (2007). Desde un principio debía saber las llagas que le podía generar esta decisión, debido a que Clint Eastwood ya filmó en su día una excepcional versión de otra obra del mismo autor: Mystic River (2003). Y aunque el joven cineasta no consigue emular la maestría del gran Harry el Sucio, sí que supera las imperfecciones de toda ópera prima y se adentra en los entresijos de un drama irrespirable.

Acusada de oportunismo -por el caso de Madeleine McCann-, la película es mucho más que una simple recreación del secuestro de una niña. El metraje enfrenta al espectador consigo mismo, juega con la doble moral de toda persona e interpela al público de manera clara: ¿El fin justifica los medios? Los personajes son las piezas de un rompecabezas que la propia narración se encarga de hilar sin matices, conjugando las interpretaciones de los protagonistas.

Los errores que se puedan cometer están en el lado de lo técnico, en ciertas impresiciones fotográficas, porque algunas escenas podrían haber dado mucho más. Pero no se puede criticar el correctísimo guión y los diálogos estremecedores. Además, la cinta tiene algo de tramposa. En varias ocasiones se prevee un final sencillo, sin complicaciones éticas. Pero nada más lejos. La película empieza a alargarse en minutos y todo se dirige hacia un enfrentamiento existencial.


El pasado marca a la 'Gente Corriente'

Cuando se habla de Gente Corriente (1980) -dirigida por Robert Redford- se puede llegar a encasillar esta película en el género dramático. El problema de este argumento, simplista y reduccionista, reside en que esta cinta no ofrece sólo al espectador las penas retenidas en la lágrima fácil. El cineasta estadounidense descarta este recurso para -interpretando de manera excepcional, tanto él como todos los actores, el guión de Alvin Sargent- adentrarse en los problemas de una familia estadounidense.

A causa de una desgracia, el modélico entorno de los protagonistas se rompe de manera radical y el pasado se convierte en el eje fundamental de unos personajes que, o se odian o se aman, pero siempre enmascarados por el qué dirán.

La fotografía característica de principios de los 80 se muestra como el marco perfecto a la hora de ensalzar la mediocre ordinary people de los EEUU. Dentro de esa tendencia de Redford a la fábula moral , esta vez -debe ser por el hecho de ser su ópera prima- se conforma con una pequeña crítica y avanza por los entresijos de las relaciones personales.

Aunque fue nominada a seis Oscars y levantó cuatro de ellos -ganando a Martin Scorsese y a su Toro Salvaje (1980)-, lo que restara de este film son las magníficas interpretaciones. Nadie podría dotar a un personaje de tanta frialdad como lo hace Mary Tayler. Por su parte, el jovencísimo Timothy Hutton arranca el ritmo perfecto de los diálogos que, junto a Donald Sutherland, generan un dramatismo profundo y perfeccionista.

La BSO de 'El caballero oscuro' descartada para el Oscar

Internet es un foro inmenso donde se explaye cualquier realidad humana y, más aún, una tan presente en la sociedad internacional como puede ser el séptimo arte. Las críticas, ideas, blogs, comentarios, etc. son numerosísimos y pocos países escapan a las nuevas tendencias impuestas por la red.

En este sentido, también los rumores están al orden del día. En el caso de El caballero oscuro (2008), más concretamente de su música, son ya muchos los portales que anuncian que la academia estadounidense ha descartado para el Oscar la banda sonora del último trabajo de Christopher Nolan.

Supongo que habrán sobrevivido a la criba otras de mayor calidad, pero aún me estremezco recordando la escalofriante ambientación que el metraje conseguía a través de su B.S.O. Una prueba:


No me creo que el lobo ahulle de verdad

Después de ver [REC] (2007) - de Jaume Balagueró y Paco Plaza- y El orfanato (2007) -de Juan Antonio Bayona- volví a ilusionarme con el cine de terror. Hacía mucho tiempo que acudía a las salas con cierta reticencia hacia este tipo de películas. Tal vez, porque no disfrutaba con ninguna desde que viera en mi adolescencia El exorcista. El montaje del director (2000), reposición en los cines de la original de 1973. A estas cumbres del género le siguieron mis favoritas en su correspondiente DVD: Los chicos del maíz (1984) o It (1990). Pero ahí se acabó lo bueno y comenzaron las decepciones: primero Reflejos (2008) y ahora Wolf Creek (2005).

Es verdad que esta cinta, de producción australiana y dirigida por Greg McLean, muestra un argumento más sólido que los precedentes a los que recuerda -sobretodo a Hostel (2006) de Eli Roth-, pero la fórmula que emplea no es nada original: la sangre como elemento más representativo. A partir de aquí hay que reconocer que la historia puede llegar a convencer, pero la base del metraje gira en torno a la incomodidad del espectador hacia la violencia injustificada.

La trama narra como tres jóvenes viajeros se quedan tirados en medio del desierto -¡qué raro!, el coche no arranca- y como son recogidos por un amable lugareño, que luego no resulta ser tan agradable. Los personajes rechinan y los diálogos sobran, basicamente porque el efecto que busca la película se fundamenta en una road movie de salvajismo y crueldad.

Aunque se aleja del prototipo de terror adolescente, la intensidad dramática brilla por su ausencia. Las escenas y situaciones no son creíbles, por más que los guionistas se harten de repetir que está basado en hechos reales.


Pena de muerte, 'Gomorra'

Sentarse en una silla y leer o ver tu propia condena de muerte debe ser algo muy duro, inimaginable para muchos. Pero Roberto Saviano tiene que soportar día tras día ese peso en su espalda. Autor de uno de los libros más vendidos y premiados en 2007, Gomorra, ha sido trasladada al cine el presente año con un título similar, aunque detrás de la cámara se encontraba Matteo Garrone.

Ha sido en Sevilla, en el Festival de Cine Europeo, donde el periodista amenazado se ha dejado ver por última vez. El motivo: la presentación del film en las pantallas españolas. Hasta última hora se desconocía su asistencia y ni siquiera las entrevistas a los diarios estaban cerradas. Todo es poco para salvaguardar la cabeza más amenazada de Italia.

Este napolitano se ha convertido en la auténtica víctima de su éxito. La Camorra sigue campando a sus anchas entre la corrupción política y el miedo social, pero son ya cuatro los guardaespaldas que deben velar por la vida de quien ha renunciado a la misma. Sabía seguramente lo que le costaría esa publicación, pero también conocía la necesidad de plasmar su testimonio.

La complicada sencillez de lo entrañable

Hay películas que se degustan. Son como el mejor manjar de un restaurante de cinco tenedores. Hay que sentarse en la butaca, saborear lentamente sus imágenes y disfrutar de todos los aspectos que ofrece. Aquí es donde entra el maestro Roman Polanski, un genio de lo audiovisual, que maneja las texturas como nadie y sabe dotar a todas sus cintas de una entrañable finalidad moral, más cerca de la fábula escrita que del séptimo arte.

Es entonces cuando nos acercamos a Oliver Twist (2005), un relato infantil con la suficiente carga dramática para un adulto y la necesaria dulzura infantil. Con una estructura clásica y una necesaria condensación de contenidos -en relación al texto original de Charles Dickens-, el cineasta consigue crear una historia independiente y creíble, tan verosímil que sus personajes forman una trama coral espléndida en lo narrativo.

Los protagonistas se dejan querer y odiar de una manera sencilla, sin trabas, tan fácil como en los cuentos infantiles. El metraje consigue adentrar al público en un mundo guíado por la inocencia de los ojos más pequeños, contrastado siempre con la avaricia de los malvados y supervisado por la constante presencia de la bondad de los héroes -que alguno queda-.

Esta pieza tiene un carácter atemporal perfecto, alejado de prejuicios injustos. Con una fotografía cuidada, rozando la perfeccion, y un montaje dinámico. Es para sentarse, agarrar el bol de palomitas y disfrutar de la difícil sencillez que algunas películas trasmiten.

La familia también llegó al Vaticano: 'Los Borgia'

Las grandes producciones españolas suelen tener un mal punto en común: su escasa calidad artística. Esta película, Los Borgia (2006), no iba a ser una excepción. Aunque parte de un concepto bastante acertado a la hora de enfrentarse al cine histórico, que la llegan a hacer entretenida, la narración peca de demasiada linealidad.

Los personajes son excesivamente planos -no sufren ninguna evolución a lo largo de la cinta- y están tan definidos a uno u otro lado, buenos y malos, que se hacen aburridos los enfrentamientos que entre ellos pueda surgir. A esto hay que sumarle la multitud de escenas inconexas con el que se plaga el filme, con una evidente falta de capacidad por parte de su director -Antonio Hernández- para manejar las elipsis, lo que le resta gran verosimilitud al metraje.

Sería excesivo mandar a la hoguera a todo el reparto, pues entre todos los resquicios fotográficos y musicales -la ambientación es tan correcta como previsible- encontramos a un formidable Antonio Dechent. Los registros de este brazo ejecutor de César Borgia, auténtico protagonista, consiguen estremecer al público y dotar a la historia de la suficiente fuerza dramática para no abandonar la sala o apagar el DVD.

Con cuatro nominaciones a los Goya, la película narra la historia de la familia de Los Borgia. De orígenes valencianos -despreciados en Italia por considerárseles extranjeros y ambiciosos por encima de todo y todos-, sus miembros consiguen alzarse con el cetro del poder del Vaticano. De ahí se parte para navegar por los entresijos palaciegos de una Iglesia corrupta y falsa.

Por todos los puntos en común -ambiente, curas, etc.- recuerda a la mucho más compleja Lutero (2003) de Eric Till. Aunque tan sólo son pequeñas pinceladas comunes, porque el resultado final es muy distante.


¡La risa animada también nos vale!

Dreamworks vuelve con mucha fuerza y apostando por el cine animado más divertido. En esta ocasión nos encontramos con Monsters vs Aliens (2009) -se espera para marzo-, película en la que un equipo de graciosos monstruitos se enfrentará a unos alienígenas que quieren invadir la Tierra.

Para ir abriendo boca, ya podemos ver el primer tráiler, realmente divertido. Parece ser que la gran animación vuelve. ¡Ay!, como añoramos Shrek (2001) o Monstruos S.A. (2001).

Cómo no saber poner el punto final

Las series de televisión encuentran en el desgaste su principal inconveniente. Lo que es una buena idea puede llegar a degenerar y perder toda la frescura inicial. Es el caso de The 4400 (2004-2007). Nació como una miniserie con tan sólo cinco capitulos en su primera temporada: 4400 personas que habían desaparecido sin dejar rastro regresan en una bola de luz -emergen como fantasmitas- y con poderes sobrenaturales.

Con una trama sencilla, los guionistas quisieron aprovechar el éxito. Pero el problema empezó a verse venir cuando las relaciones y enfrentemientos entre los personajes se enrevesaban cada vez más. La historia ya no era verosímil.

Con una cuarta temporada horrible, el público renunció a entenderla y a esperar un final creible. Además, los niveles de audiencia empezaron a caer en picado -como los artísticos- y los responsables de la cadena USA Network decidieron cancelarla.

Hicieron bien, hay veces que las cosas no dan más de sí. Y este era el caso. Pero la gente no aprende. Nos encontramos ahora un caso similar en Prison Break. Sus orígenes son los mismos -sólo iba a ser una miniserie de una temporada-, pero al final nos encontramos con Scofield pululando por Los Ángeles sin hacer, decir o mostrar nada de manera oportuna. Una pena, pero también hay que saber poner el punto final.


Y si vamos a ver una de miedo o 'Eso'

Aprovechando la señalada fecha que nos depara el calendario -esta semana es Halloween-, me parece oportuno recuperar una de mis películas preferidas de terror. A pesar de que seguramente no está entre las más conocidas del género, It (1990) de Tommy Lee Wallace, es una sencilla muestra de lo agradable que se puede hacer una sesión de miedo.

Basada en la novela homónima de Stephen King, un divertido payaso llamado Pennywise irrumpe en la vida de Los Perdedores -siete niños no muy populares-. Son numerosos los homenajes que se han rendido a esta película y destaca sobretodo la referencia que se hace en un especial de la Noche de Brujas de Los Simpson. ¡Qué casualidad!

Cuando se muestra un solo Camino

El poder del séptimo arte reside en su capacidad para transmitir sensaciones. Pero hay casos en los que el omnipotente cine sólo puede provocar una indescriptible angustia. Es el caso de Camino (2008), de Javier Fesser. Este, como bien decía Carlos Boyero, es un film que se sufre; porque el director narra una trama salvaje e injusta, que desgarra las paredes más protectoras del alma.

La cinta es atroz simplemente porque la víctima de la barbarie es una niña enferma y desamparada -sobrotodo, espiritualmente-. Fesser quiere contar una historia que haga entrever las intenciones malévolas del autoritarismo y sectarismo en nombre de un Dios. Para ello, la obra retrata una fábula desvirtuada de su final feliz y el cineasta ejerce como torturador de un público absorto.

El metraje -cargado de metáforas, dobles sentidos y diálogos inquietantes- llama a una reflexión que se apoya en unos personajes muy trabajados. Desde la abnegada madre -que representa, tal vez en demasía, un papel ruin y perveso-, hasta el impotente padre que sólo quiere amar a sus hijas. Tan sólo chirría las excesivas escenas de quirófanos y las repetitivas pesadillas, pero los niños -en especial Nerea Camacho- dotan a la cinta de un realismo mágico.

De por si, hablar del Opus Dei ya genera polémica. Esta secta de carácter totalitario y retrógrado ha salido a la defensiva, volcando en los blogs un sinfín de comentarios donde desaconsejan la visualización de la cinta. En ese despliegue de medios no sólo critican al film -entre sus argumentos destaca el considerarlo un ataque contra la familia en la que se inspira la película-, también marcan las directrices claras a seguir: no se debe ver Camino.

Pero no se equivoquen. Fesser ha conseguido erigir una tragedia asentada en tres pilares básicos: infancia, vida y libertad. Desde ellos, rescata una crítica al injusto poder de los fundamentalistas religiosos - que existen en España-, cargada de estereotipos pero válida en muchos sentidos.


Joven e irreverente, 'Ópera Prima'

En 1980 muchos se debieron hacer mayores de repente. Se sintieron más viejos y no podían con los jóvenes recien salidos de la adolescencia, añorantes de los hippies y la vida de los sesenta. Ópera Prima (1980) de Fernando Trueba, gira en torno a la idea nihilista que invadió el cine español de los ochenta.

Esta obra del director madrileño tiene un único protagonista, Matías -interpretado por un excepcional Óscar Ladoire-, que absorbe al resto de personajes, los hace inocuos y meros extras para su historia. Este joven periodista de 25 años, separado y con un hijo, se enamora de su prima, Violeta, de 18 .

Con Madrid como espejismo del cambio, la cinta cuenta con un guión excepcional, plasmado en los oportunos monólogos del héroe. Trueba capta un pedazo de la vida urbana, lo traslada al metraje y se lo entrega a los actores, donde también destaca la frescura y espontaneidad de Antonio Resines, aún con melena.

Es la joven película del cineasta: irreverente, subersiva y falta de respeto hacia la época que terminaba y a la que empezaba. Se resume con ingenio: "Desde que dejé el rollo intelectual, follo mucho más".