Mordió Spielberg en 'Tiburon'

Cuentan los rumores que cuando el compositor John Williams le mostró a Spielberg la base de lo que sería la BSO de Tiburón (1975) -Jaws para los cinéfilos-, al pobre director casi le da un soponcio. Sentado delante de su piano y con el cineasta a sus espaldas, el músico presionó de manera constante una tecla, para volverse después y explicarle al estadounidense que allí estaba la esencia de una obra maestra del suspense.

En resumen, es precisamente esa constante ausencia de lo conocido lo que encontramos en la película. Durante toda la cinta los protagonistas tienen que enfrentarse y controlar el terror psicológico que se desprende de lo sobrehumano, de lo que no controlamos o de lo que nos supera en fuerza y entendimiento. Lejos de las monstermovies de media tarde, Spielberg sabe merodear por las cercanías del miedo más primario del ser humano, explotando la cotidianidad para bailar por las dunas de las soleadas playas de Amity Island.

Además, Tiburón no es sólo el enfrentamiento del hombre contra la naturaleza, sino que se lee entre líneas una profunda crítica hacia la hipócrita sociedad, corrupta y enferma. Es el dinero lo que importa en ese pequeño pueblecito de los EEUU donde el escualo ha hecho su aparición. Ni dos muertes son suficientes para que el alcalde o los comerciantes se decidan por cerrar las playas, no vaya a ser que el poderoso Señor Dolar huya a los pueblos vecinos.

Años más tarde, ya en los 90 y en plena época digital -cuando se pudo dejar de lado las enormes máquinas que hasta entonces habían dado vida a los monstruos de Hollywood-, el creador de Indiana Jones volvería a reinventar el género, esta vez con Jurassic Park (1993) y con una nueva etapa de explotación del merchandising.

Pero hasta entonces quedaba mucho. Entre ello, disfrutar de un trío interpretativo de excepción. Roy Scheider es el moralista jefe de la policía, que parece cargar a sus espaldas la responsabilidad de todo el mal que se genera en la isla. A su lado se alzan dos personajes de altura, que absorben poco a poco el protagonismo de la cinta. Por un lado, Richard Dreyfuss es el estudioso de los tiburones que llega como ayuda al pueblo. Mientras que este se postula como un ser inteligente y pijo, joven y dinámico; hallamos a su antagonista montado sobre la proa de un barco. La versión moderna del Capitan Ahab se concentra en Robert Shaw, quien da vida a un corrosivo marinero, prepotente y cínico. Los tres conducen por el mar hasta chocar con sus pesadillas, para despedirse entre explosiones: "Sonríe, hijo de puta", le espeta uno de ellos al tiburón.


1 comentario:

key dijo...

aunque la den 10 veces al año por la tele no pierde ni un ápice. obra maestrísima que nos traumatizó a muchos aunque la dieran en invierno.