Hasta que la Poppins vuelva por navidad, como el turrón

Ya que hemos conseguido dejar de lado las fiestas y ahora que los turrones y mazapanes empiezan a endurecerse en la vitrina de la sala de estar, es cuando veo adecuado hablar del habitual cine de navidad, que no navideño. En esas fechas suele haber en la televisión tres peliculas que no fallan. Siempre recordamos ¡Qué Bello es vivir! (1946) y sus numerosísimas adaptaciones libres -todas las series y programas, ya sean nacionales o no, han hecho su propia versión-. Por supuesto, Macaulay Culkin vuelve a estar Sólo en casa (1990), rondando por su vecindario el carismático Joe Pesci. Pero si hay una cinta que auna lo mejor de las dos anteriores, lo moralista de la primera y lo divertido de la segunda, esa es Mary Poppins (1964).

La historia es de harto conocida. En el costumbrista y rígido seno de un hogar inglés cualquiera, el Señor Banks -reconocido banquero- tiene que lidiar con la imaginación de sus dos hijos. La niñera, Mary Poppins, será el instrumento que sirva de catalizador a la hora de unir los mundos presentes en este musical: la infancia y madurez. Con excéntricos personajes -entrañables deshollinadores, chiflados pingüinos de cuadro o el despreciable paraguas-, hay ocasiones en las que se desea destrozar a hachazos el sentimentalismo facilón que en ciertos momentos se ostenta a lo largo del metraje. Pero en la mayoría de las casos es la magia la que se apodera del espectador; quien tararea, repite y acompaña los diálogos de los protagonistas.

Porque la ocasión no la desperdicia el aquí jovencísimo Dick Van Dike, quien después nos sorprenderá en la entretenida serie Diagnóstico Asesinato (1993-2001). Y la propia Julie Andrews, cuando recogió el Oscar por su papel de babysitter, ironizó sobre la polémica del momento y le agradeció a Jack Warner -productor de My Fair Lady (1964)- que la hubiera rechazado para el rol principal de dicho film. Su sustituta, Audrey Hepburn, ni siquiera fue nominada.

Si se quiere, desde luego que se puede despreciar esta película, sobretodo si la óptica de la edad nos invade. Es verdad que los bailes son artificiales, las escenas pueden parecer forzadas o incluso algunos personajes ridículos. Pero es que los ojos de los niños son los que tienen que apoderarse de nosotros. Sin ellos estamos perdidos. Aunque -por mucho que nos duela- si algo hay que agradecer a esta película, es haber incorporado a todas las lenguas del mundo un término que aunque suene extravagante, raro y espantoso. Si se dice con soltura sonorá armonioso: Supercalifragilisticoexpialidoso.

1 comentario:

Marcos Ortega dijo...

Me encanta esa película... la tenía tan agstada que cada navidad tenía que volver a grabala en una cinta nueva... muy freak si... jejeje