Por excelencia, la ciudad muda

El cine mudo es uno de los grandes retos para los espectadores del siglo XXI. Adentrarse en los entresijos de un lenguaje audiovisual precario y en construcción se hace muy complicado y, en muchos casos, aburrido. En primer lugar, hay que analizar cómo se veía el cine por aquel entonces. Dejemos de lado las salas silenciosas, porque el público de principios del siglo XX gritaba -y mucho-, insultaba, interpelaba y aplaudía (como se hiciera antiguamente en el teatro de comedias).

Si empenzamos por comprender este contexto cinematográfico, podemos lanzarnos a la aventura. Así, revolviendo en el género de la ciencia-ficción, hallamos Metrópolis (1927) -dirigida por el alemán Fritz Lang-. Hasta que en junio de 2008 se encontró en Buenos Aires una copia con casi la totalidad del metraje, se calculaba que una cuarta parte de la cinta se había perdido. Una pena, porque esta película es un adelante a su tiempo.

Ambientada en el año 2026, Metrópolis narra el enfrentamiento entre las dos únicas clases sociales existentes en una macrociudad inspirada en la modernista Nueva York. Con una estética que bebe del expresionismo alemán, el director se enzarza con la crítica ideológica: parte del típico reproche marxista (la explotación de los poderosos a los débiles), pero se adentra también en la censura intelectual del comunismo para reprochar el absurdo "fin que justifica los medios".

Desde luego, 1927 fue un momento clave para el enriquecimiento de las herramientas comunicativas del séptimo arte, ya que por esas fechas Eisenstein también estrenó Octubre (1927) -desconocida para muchos, pero muy superior a El acorazado Potemkin (1925), en cuanto a fuerza dramática se refiere-.

Aunque a Lang le interesaba mucho más explotar las capacidades técnicas, la importancia del guión -desarrollado por su esposa, Thea Von Harbou- empieza a ponerse de manifiesto. No hay que olvidar que el film tiene como objetivo resaltar la fuerza expresiva de la imagen y lo consigue, sobretodo en algunas escenas sobrecogedoras: como el espeluznante baile de Brigitte Helm o la secuencia en la que los niños huyen de la ciudad inundada.


1 comentario:

Marcos Ortega dijo...

Sinceramente, el cine mudo es algo que me queda aún muy lejos, no me veo con la suficiente capacidad intelectual como para poder disfrutarlo sin aburrirme. Una pena la verdad, soy de los que opinan que las buenas películas son aquellas que logran transmitir una serie de sensaciones optimizando al máximo los pequeños recursos de los que disponen...