
La segunda entrega del Doctor Jones no permite el más mínimo respiro al espectador. El ritmo con el que director dota a la cinta es frenético, apabullante. Saltamos de Shangai -y una pelea con los gángsters de la ciudad- a la India, donde Tapon y Willie (benditos secundarios) ponen la mano, el pie o el culo donde no deben. Entre idas y venidas, persecuciones y tiros, se construye una cinta erguida sobre personajes divertidos e infantiles, que reinstauran los miedos, fobias y filias del público.
Llegamos entonces a la escena que revaloriza una película, a esa persecución trepidante en los carricoches de la mina. En ese preciso momento es cuando los estereotipos se disipan y el espectador se entrega a la acción que se muestra en la gran pantalla, a esa velocidad que provoca saltos en el sillón, que acrecienta el ansia de comer palomitas y que te deja con un deseo irrefrenable de que todo empiece otra vez, para ver como los malos reciben hostias hasta en el cielo de la boca.
Y hace también aparición ese humor tan gráfico, para todos los públicos, fino e inteligente; que coordina excepcionalmente con lo que es una espléndida demostración de la esencia del cine de aventuras, del entretenimiento alzado a los altares del arte.
1 comentario:
Y de repente llega El reino de la calavera de cristal y descubres que a veces las segudnas partes si son malas... jejeje
Publicar un comentario