
Encontramos a un personalidad ingeniosa en el rol interpretado por Bill Murray, salido de la pluma de Guillermo Cabrera Infante. Tan ocurrente, perpicaz e inteligente que no encaja en la narración. Rechina a la hora de ajustarse al resto de piezas de la trama. Pero no sólo ocurre en este sentido, ¿Por que adoptar el punto de vista de alguién que no tiene ideales? ¿Es que aporta elementos al fin tan necesarios que se hace indispensable? Por supuesto que no. Fito debería ser un simple narrador y no el eje del film, porque los sucesos que interesan al público no giran a su alrededor.
Es por ello que sus propios hermanos eclipsan al protagonista. Ellos se mojan, pelean y quieren modificar el estado de las cosas. Y esto es básico a la hora de filmar una película, porque si no queremos cambiar nada, no tenemos una sucesión de hechos -no hay relato-; sólo una fotografía o un cuadro. En este caso, necesitamos del movimiento.
Así, entiendo los motivos por los que García elige a Fico para adentrarse en la historia de Cuba, pero ¿por qué tiene este director que esforzarse por parecer neutral? Seguramente para no ser tildado de fascista por los que se autoproclaman paradigmas de la izquierda. Al final, como resultado, encontramos en la sala una película lenta y fatalista -que aporta poco-, y varios reproches que hacer. El primero dirigido a la espiral de moral existente: ¿Por qué habeís creado un clima donde hay personas que tienen miedo a manifestar sus ideas si estas no coinciden con las políticamente correctas? El segundo es para García: ¿Tan ridículo y cobarde has sido que no has sabido o querido plantarles cara?
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