El mar se hizo de 'Capitanes intrépidos'

Hay películas que quedan en la memoria del público por lo entrañable de sus personajes. Fue el caso de Totó en Cinema Paradiso (1988) y, por supuesto, de Manuel en Capitanes intrépidos (1937). Basada en la novela homónima de Kipling, es en plena adolescencia del cine cuando el director Victor Fleming se atrevió con una dura y emocionante historia de pescadores.

El protagonista -Freddie Bartholomew- es un niño rico y engreido, que durante un trayecto en transatlántico cae al agua y es rescatado por un barco pesquero, donde tendrá que trabajar como el resto de la tripulación. Allí encontrará a Manuel -Spencer Tracy-, un portugués que vió como su padre moría en el mar y que ahora, años después, le canta a la vida con la única melodía que le enseñó su progenitor.

La primera parte se centra en describirnos al joven, manipulador y prepotente, que es expulsado de una escuela de élite tras acusar a un profesor de haber aceptado un soborno que el mismo había hecho. Es ese carácter el que confluye de manera deliciosa con el paternal Manuel, quien le ayuda en su viaje interior hacia la amistad.

El film no es sólo un clásico, es el vivo retrato de la perfección audiovisual. El ritmo narrativo nos encauza por los mares de la clase sencilla, que sólo ansía regresar con vida a su hogar para poder disfrutar del tiempo que le resta. Pero la existencia no es un resultado matemático, y esos reglones torcidos terminan por traspasar el cuaderno de notas. Es entonces, cuando todo parece ir bien, el momento en el que el revés golpea el rostro del joven para recordarnos que nada dura para siempre, que hay que saber continuar y disfrutar del momento y de los recuerdos. Así lo vaticinaba Manuel: ¡Ay mi pescadito deja de llorar! ¡Ay mi pescadito no llores tú más!