
El principal problema que presenta es que no es una película de miedo al uso. El desfase generacional le impide seguir potenciando los efectos visuales que pudieron aterrorizar en los años 70. Eso ya no vale: no sirven las sombras ambientadas en una ocre Europa central. Si qusieramos trasladar el horror de los vampiros a la actualidad, a la primera década del siglo XXI, no debemos conformarnos con un film correcto y entretenido, que peca de ingenuidad.
La historia recupera la trama original y se centra en la personalidad inquientante de un Conde aterrador, retozante en una imagen diabólica e interpretado por Klaus Kinski. Con su calva, largos dedos y uñas, el actor se ha convertido en un auténtico icono de la Alemania más oscura. A petición de la distribuidora estadounidense, 20 Century Fox, la cinta fue grabada a la vez en inglés y alemán para poder ser distribuida en los EEUU. Como es lógico, la interpretación de los actores es más forzada en la versión americana, debido a la dificultad del idioma.
Nos hallamos ante un cine rural, lejos de las grandes villas de Hollywood y del lujo experimetal del París más Bohemio. Es un descolorido metraje que impide ver los recursos del cine moderno, pero nos adentra en un séptimo arte escorado en las sombras de las callejuelas centroeuropeas.
2 comentarios:
Para poder apreciarla en su totalidad deberíamos convertirnos en ciudadanos de aquella europa y meternos en una sala de cine de entonces.
La del 22 sigue siendo una de mis pelis favoritas. Ningún Drácula superará la figura del Conde Orlok de Murnau. ¡Qué estética!
No sabía de tales remakes, habrá que verlos.
Jau!
PD: El sábado te perdí la pista... creo.
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