La cruzada del Sr. Jones

El Dr Jones tardó años en regresar. De forma correcta pero insuficiente, las aventuras del arqueólogo coparon las salas para decepcionar a los adeptos y entretener al resto de seres humanos. Dejando de lado el desastroso final de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008), en el film se recuperaba la esencia que hizo triunfar a la saga. Aventuras y humor, entremezclado y agitado por la acción impuesta por el látigo.

Aunque tiene dos predecesoras, Indiana Jones y la última cruzada (1989) es la gran obra maestra del género: la mejor película de aventuras de la historia del cine -era necesaria la negrita-. Por un lado encontramos a un Harrison Ford inconmesurable, que ha asumido ya hasta los minúsculos detalles de su personaje y que se deja llevar por la esencia de Indiana. Como fiel escudero, aunque con barba y voz de progenitor, Sean Connery cuaja como el obstinado padre del héroe, cuya evolución psicológica y emocional marca el devenir narrativo de la cinta. El que fuera, según algunos, el mejor 007, sabe desentrañar las virtudes de un historiador inteligente y orgulloso, que ha sacrificado su vida al Santo Grial.

Porque la mezcla de historia y superstición engancha. Los caballeros de las cruzadas parecen la antítesis perfecta para un mundo putrefacto, donde los nazis campan a sus anchas. Con un Adolf Hitler que sirve como excusa para uno de los momentos más emocionantes del film: a quién se le ocurriría la genial idea de que el propio Führer le firmara el diario al señor Jones.

Y para hilar los diferentes tejemajes de los personajes, hallamos un guión delimitado por la angustia de que algo tan bueno tiene que acabarse. Con un desenlace arrebatador, los giros de la historia se suceden. Hay que agacharse, saltar, conducir un tanque y caer por un precipicio. Con Petra y sus escarpados horizontes como espectadores de lujos, terminamos con la escena final más arrebatadora del séptimo arte. Recordando a los mejores westerns, los Jones, Brody y Sallah se alejan galopando, en pleno desierto y con una puesta de sol al fondo. Un magistral punto final en ese momento; aunque ahora tan sólo sea un continuará.