¡Por Júpiter! 'El golpe de menhir'

Hay en Bélgica un héroe por antonomasia; un joven periodista con flequillo que, de haber existido realmente, sería nombrado hijo predilecto de todas las villas del país y guardaría en una caja cientos de llaves de pueblecillos. Tintín es Bélgica y Bélgica es Tintín: inseparables caras de una misma moneda. Presumen los belgas -objetivos de los chistes vejantes de los franceses, versión norpirenaica del Lepe español- ante sus vecinos francófonos de poseer un icono de la modernidad, al viajero del siglo XX, un tipo muy alejado de esa ridícula estética bohemia parisina. Pero es entonces cuando sacan pecho los gabachos, dejan a un lado el foulard y la absenta, y textualizan de memoria eso de Estamos en el año 50 antes de Cristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos... ¿Toda? !No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Además, para más inri, se carcajean comparando la diferencia entre las irrisorias y desdeñables versiones cinematográficas del journaliste, con las de Astérix y Obélix. Un claro ejemplo: El golpe de Menhir (1989).

En esta ocasión, la narración empieza con la llegada de un adivino a la aldea; quien, mediante una ferviente verborrea, consigue embelesar a los incautos galos. Por supuesto, Astérix no se dejará embaucar, pero esta vez no cuenta con el apoyo de Panoramix -loco desde que el gordito de Obélix decidiera tirarle un menhir encima-. Aquí es cuando nos adentramos en la dimensión social de la obra, observando cierta crítica a la presión ejercida por la masa -representada por una cabecilla inesperada y manipuladora: la esposa del jefe-.

A pesar de la estética infantil y tras los impronunciables nombres de los secundarios -Asurancetúrix o Abraracúrcix, por ejemplo- se esconde una brillante adaptación del cómic de Uderzo y Goscinny. Más allá de los romanos, de las peleas y la poción mágica; hay una doble historia dirigida a los adultos. Son abundantes los gags para los más mayores, quienes pueden hacer una lectura más profunda de lo que se les ofrece en pantalla. ¿Las paranoias del druida no se parecen más a ciertos efectos alucinógenos? Es una comedia, sin duda; y para niños, por supuesto. Pero también pueden disfrutar de ella los que se emocionaron hace años combatiendo al todopoderoso Julio César.