
En esta ocasión, la narración empieza con la llegada de un adivino a la aldea; quien, mediante una ferviente verborrea, consigue embelesar a los incautos galos. Por supuesto, Astérix no se dejará embaucar, pero esta vez no cuenta con el apoyo de Panoramix -loco desde que el gordito de Obélix decidiera tirarle un menhir encima-. Aquí es cuando nos adentramos en la dimensión social de la obra, observando cierta crítica a la presión ejercida por la masa -representada por una cabecilla inesperada y manipuladora: la esposa del jefe-.
A pesar de la estética infantil y tras los impronunciables nombres de los secundarios -Asurancetúrix o Abraracúrcix, por ejemplo- se esconde una brillante adaptación del cómic de Uderzo y Goscinny. Más allá de los romanos, de las peleas y la poción mágica; hay una doble historia dirigida a los adultos. Son abundantes los gags para los más mayores, quienes pueden hacer una lectura más profunda de lo que se les ofrece en pantalla. ¿Las paranoias del druida no se parecen más a ciertos efectos alucinógenos? Es una comedia, sin duda; y para niños, por supuesto. Pero también pueden disfrutar de ella los que se emocionaron hace años combatiendo al todopoderoso Julio César.
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