Un vino aguado en la casa de los Scott

Las historias de Ridley Scott encandilan, ya sea potenciando uno u otro elemento de las técnicas audiovisuales: con Blade Runner (1982) se convirtió en un autor de culto, con Gladiator (2000) se ganó al público más épico. En Un buen año (2006), en cambio, el cineasta recurre a la comedia más suave y a un lirismo con moraleja.

Francia como escenario y Russell Crowe como protagonista, que interpreta a un estereotipado hombre de negocios del Londres más competitivo. Cualquier espectador se sentirá encandilado por las dulces líneas de la trama y muy dolido por los clichés neuróticos, recurrentes en los fáciles chistes que se repiten en la historia. Al fin y al cabo, todo lo que se muestra encamina a un simplismo moral y ético: la felicidad que se haya en el contemple de la vida.

Es verdad que el principio tiene el ritmo necesario en toda comedia pero, a medida que la narración avanza, se intenta engañar al público. La sensiblería en demasía o el recuerdo de los clásicos, obran como arma de doble filo para la propia cinta. Los actores se matan a lo largo del metraje: sus personajes se recrean en un humor facilón y vulgar -que deja escenas patéticas, como un partido de tenis entre Crowe y el responsable de su viñedo-.

Ni siquiera ese guiño a la infancia convence, porque para ello ya encontramos la correctísima y entrañable Cinema Paradiso (1988). Es una cosecha aguada, falta del aroma suficiente para encandilar, aunque correcta en el tono y en el color. Este último, abonado por algunos inteligentes diálogos y el formidable Albert Finney.


1 comentario:

Marcos Ortega dijo...

todo el director que se decida a hacer este tipo de comedias corre ese riesgo, unas veces segana, otras se pierde.