
Los efectos especiales, artes marciales y piruetas de los protagonistas pretenden suplir una historia cogida con pinzas. Es simplona y facilona. Incluso los flashbacks parecen incrustados a regañadientes en una narración muy lineal, que mezcla alocadamente espadas del siglo XVI y una estética modernista -cosas del Nueva York y el mítico humo que sale de sus alcantarillas-.
Pero a pesar de todo ello, la cinta se degusta como un postre a media tarde. Puede ser por el halo de misticismo que Christopher Lambert sabe otorgarle a la película o, quizás, porque Sean Connery vuelve a ser un maestro de la interpretación cuando se enciende la cámara -además, podemos verlo en su primer papel como mentor, que después repetirá en filmes como El nombre de la rosa (1986), Indiana Jones y la última cruzada (1989) o La roca (1996)-.
El film es repetitivo, aburrido en muchas ocasiones y superfluo a la hora de ahondar en sus protagonistas. Cuando se estrenó no tuvo mucha repercusión, pero poco a poco se fue convirtiendo en la película de ciencia-ficción del recuerdo, en el elemento reivindicativo de una juventud perdida por aquellos que ahora gastan corbatas y se afeitaron el bigote hace tiempo.
1 comentario:
Y ha dado para tanto la película...
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