Sólo queda el mito, 'Los Inmortales'

Las películas se pueden convertir en auténticos referentes culturales para una generación. Es el caso de Los Inmortales (1986), objeto de culto para todos aquellos adolescentes de los 80 que llevaban los jeans por encima de la cadera. Dejando de lado hombreras, coderas y chaquetas nevadas de la época, el vestuario reviste una banda sonora excepcional -Queen resuena como nunca- y da forma a un guión demasiado pobre.

Los efectos especiales, artes marciales y piruetas de los protagonistas pretenden suplir una historia cogida con pinzas. Es simplona y facilona. Incluso los flashbacks parecen incrustados a regañadientes en una narración muy lineal, que mezcla alocadamente espadas del siglo XVI y una estética modernista -cosas del Nueva York y el mítico humo que sale de sus alcantarillas-.

Pero a pesar de todo ello, la cinta se degusta como un postre a media tarde. Puede ser por el halo de misticismo que Christopher Lambert sabe otorgarle a la película o, quizás, porque Sean Connery vuelve a ser un maestro de la interpretación cuando se enciende la cámara -además, podemos verlo en su primer papel como mentor, que después repetirá en filmes como El nombre de la rosa (1986), Indiana Jones y la última cruzada (1989) o La roca (1996)-.

El film es repetitivo, aburrido en muchas ocasiones y superfluo a la hora de ahondar en sus protagonistas. Cuando se estrenó no tuvo mucha repercusión, pero poco a poco se fue convirtiendo en la película de ciencia-ficción del recuerdo, en el elemento reivindicativo de una juventud perdida por aquellos que ahora gastan corbatas y se afeitaron el bigote hace tiempo.


1 comentario:

Marcos Ortega dijo...

Y ha dado para tanto la película...