Milk no emociona, pero argumenta

Al comenzar con una sucesión de fotografías e imágenes en blanco y negro, el director de Mi nombre es Harvey Milk (2008) -Gus Van Sant- pretende adentrarnos en la inmensidad de la trascendental. Intentando procurarse siempre un agarre en ese concepto tan ambiguo, el realizador se pierde en los entresijos del séptimo arte. A pesar de que logra lo que debería definirse como una película correcta y que camina por baldosas amarillas hacia la ceremonia de los Oscars -no olvidemos sus ochos nominaciones-; el principal problema del film lo hayamos en ese regustillo amargo que deja la incapacidad para aprovechar la historia de Milk, la primera persona abiertamente homosexual que accede a un cargo público en los EEUU.

Es verdad que la cinta cuenta con todos los ingredientes aptos para una gran obra dramática. No es menos cierto la sobrecogedora actuación de Sean Penn, matizando cada gesto, interpretando cada palabra con una sinderidad inquietante. Pero la receta falla. Principalmente porque no consigue emocionarme la lucha que se traen entre manos, porque los personajes más allá del protagonista se me hacen simples, monótonos y superficiales. No me transmiten su dolor.

Pero miremos el film desde una óptica política y social. Van Sant se atreve a reivindicar una lucha que parece superada o muy avanzada en algunas plazas de Occidente, como es el caso de España. Incluso en estos lares puede parecer otra pieza más del cine sobre homosexuales -recordemos que contamos con un gran artífice como es Almodovar-. Ahora bien, la aspiración del director es enfrentar el metraje con las amas de casa, palomiteros asiduos al multisalas o cinéfilos hollywoodienses. Es decir, hacer un cine social para el gran público; lejos de las pequeñas exhibiciones de capital.

Y observemos, finalmente, la idoneidad de emitir esta obra en el EEUU post Proposition Number 8, en el Vaticano que se niega a firmar una carta de Naciones Unidas a favor de la despenalización de la homosexualidad en el mundo o en la Europa que emite una versión censurada de Brokeback Mountain (2005). Además, en la cinta podemos ver que los argumentos homófobos son siempre los mismos -la ruptura de la familia- desde los años 70. Entonces servían como excusa para arrebatarles una serie de derechos -como el trabajo o la sanidad-, ahora para negarles el matrimonio.

2 comentarios:

Hernán dijo...

Estoy de acuerdo. De alguna forma Van Sant sacrifica muchas de las experimentaciones formales de sus últimas películas para llegar al gran público, y que su trabajo (por encargo, dinero y alguna que otra motivación personal) sea atravesada por un discurso masivo, claro, casi pedagógico. Una película abierta, en toda su plenitud, y en este sentido política y honesta ("yes, we are open" es un cartel que aparece en el local de la calle Castro bien iniciado el film).

Saludos.

Marcos Ortega dijo...

Sin duda la actuación de Sean Penn es el principal atractivo de la película. A mí principalmente es una de las que más me gustó de las candidatas a mejor película de los Oscar, quizás por detrás de The Reader, y muy por encima de Benjamin Button, quizás hubiera merecido más la pena la nominación de La Duda... Pero volviendo a esta película, refleja muchas cosas que siguen sucediendo a pesar de que han pasado 30 años y a pesar de que ahora supuestamente contamos con una igualdad.