Perdonado en Un Mundo Perfecto

La cara de chico malo de Clint Eastwood se ha ido diluyendo con el tiempo. La faceta de terco e incomprendido del protagonista de los westerns más aclamados por el público y por la crítica hace mucho que se completa con características más humanizadoras. Eastwood es uno de los mejores directores del cine actual, capaz de dominar todos los géneros: tanto delante como detrás de las cámaras.

Si repasamos su filmografía como director -la de actor también se las trae-, películas como Million Dollar Baby (2004), Mystic River (2003) o Unforgiven (1992) son sencillamente obras maestras del séptimo arte, donde se profundiza en el tema fundamental de este cineasta estadounidense: la doble moral.

Es en ese juego donde se cuela otra de las grandes cintas de Eastwood: Un Mundo perfecto (1993). Si fuera cualquier otro su autor, esta película sería una de las primeras de su currículum, pero ¡claro! hablamos de Clint.

La trama cuenta con dos protagonistas: Kevin Costner -que interpreta a un preso fugado de la cárcel, Butch- y T. J. Lowther -el pequeño de ocho años, Buzz, mini ego de Costner-. A través de estos dos personajes, el director ahonda en las relaciones paternales y, sobretodo, en la carencia de ellas. La idea de estos personajes parte de contraponer los mismos carácteres pero en distintas etapas de la vida. Así, Buzz será Butch en un futuro y Butch ha sido Buzz en el pasado. La moraleja en este sentido se reduce a la posibilidad de cambiar tu destino: el contacto entre ambos modica el sino de Buzz.

Con secundarios de lujo, la narración adquiere la capacidad para contar mucho más: Laura Dern, Bradley Whitford o el propio director, quien retoma el papel de sheriff -nunca olvidará sus orígenes- y con vaqueros y sombrero representa al policía capullo y justo, tan sólo querido por quellos que comparten sus principios.

Pero el mensaje es mucho más completo y cada resquicio del guión, todo minúsculo detalle, se adhiere a la historia y la dota de más fuerza dramática. Las prohibiciones de la madre del niño -derivadas de sus creencias religiosas, es Testigo de Jehová- sirven en los primeros minutos del metraje como excusa para la rebeldía, el enfrentamiento con nuestro ego freudiano; pero a medida que avanza la cinta, Eastwood se deleita con la infancia y demuestra ese deseo de regresar a los brazos de su progenitora.

"In a perfect world there will be not crime, not fear, not prisions":