Una inocente historia de amor

La historia del cine empieza en Francia con los hermanos Lumière y su proyección en 1985 de Salida de los obreros de la fábrica. Desde entonces, el séptimo arte creado en tierras gabachas tiene un "algo especial" que me encandila. No puedo explicar esa atracción fatal, pero he intentado en varias ocasiones analizar el porqué de esta situación.

Las historias que se narran heredan la sencillez y el lirismo de la Nouvelle Vague. Esos años 50, que tanto bien hicieron para el arte, marcaron un antes y un después en la cinematografía. Fue entonces, de manera paralela al movimiento francés, cuando René Clément se atrevió con una narración simbólica del amor: Jeux Interdits (1952) -película que ganó el Oscar, el León de Oro de la Mostra de Venecia y el Premio BAFTA-.

A través de la relación ingenua que mantienen un niño, Michell -Georges Poujouly- y una niña, Paulette - Brigitte Fossey-, el director hereda la sencillez de sus compratiotas para contar una trama que carece de complicaciones, pero que encandila al público a través de la gran fuerza emocional de las imágenes.

Paulette es una niña de cinco años que pierde a sus padres durante un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial. La familia huía de París ante la presencia alemana y, en un puente, el perro de la pequeña sale corriendo y ella detrás. Los padres intentan rescatarla y fallecen por los disparos de los aviones enemigos. El pobre can -figura transcendental en el film- también muere, pero Paulette no lo sabe hasta que se encuentra con Michell.

La inocencia es el punto de partida del metraje. Desde ahí, el cineasta trata de arrastrarnos en unos momentos a la crítica social, al simple relato lineal de los hechos y al realismo más abosluto -gran herencia de los italianos-. Pero es un engaño, porque detras de cada escena, de cada gesto de los personajes, se esconde un doble sentido.

En ese punto concreto reside la fuerza de Jeux Interdits. Esta pequeña obrilla maestra se paladea despacio, con gusto, desentrañando cada secuencia con gestos y miradas. Es un recuerdo de la guerra, un canto a la vida, el tratamiento natural de la muerte, etc. Es la simple historia de dos niños, lo único que ocurre: es que la vida -y más aún durante la infancia- no es tan sencilla.