¡Respira libertad!

El neorrealismo italiano ha hecho mucho bien por el cine. No sólo por esas obras maestras que restan en los estantes de los vídeoclubs y el recuerdo de los cinéfilos -hablo sobretodo de El ladrón de bicicletas (1948) de Vittorio de Sica y Roma, ciudad abierta (1945) de Rossellini-; sino porque todo el séptimo arte creado desde entonces en las antiguas tierras romanas mantiene siempre ese regusto poético que sólo la cotidianidad sabe otorgar.

Respiro (2002) bebe de la herencia propia de su tierra. Su director, Emanuele Crialese, logra que el film mantenga una fuerza dramática basada en el contraste sentimental de los protagonistas. El enfrentamiento entre las distintos egos del propio individuo marcan el eje fundamental y, a partir de estos, el espectador puede trasladar las metáforas existenciales a su propia dimensión.

La cinta narra la historia de una familia asentada en la isla de Lampedusa, al sur de Sicilia. El público puede captar fácilmente la existencia de dos núcleos principales de personajes. Por un lado, el padre y la abuela, que representan la moral tradicional, la herencia del qué dirán y el arrepentimiento. Por otro, la madre y los tres hijos -dos adolescentes y un niño-, que son puras metáforas de la libertad y, aunque cada uno representa una vertiente diferenciada de ella, las personalidades de los pequeños se aunan en la de su progenitora.

Los paisajes mediterráneos sirven para ahondar en la lírica existencialista. Desde esa continua oda a la infancia, tan presente en la nostalgia nihilista, el metraje plasma la fábula más auténtica del libertinaje incomprendido, del amor filial y el rechazo social. Una mujer que tan sólo desea mostrarse tal como es, pero que es vilipendiada por la conciencia colectiva -reflejada en algún momento hasta en la relación con sus hijos-.


1 comentario:

Marcos Ortega dijo...

Los paisajes del mar mediterráneo siempre facilitan esa aproximación a la libertad y a la idealización de la vida. Quizás sea por aquello de la brisa, el mar y el sol...