
En esta ocasión, el director se centra en contar la historia de un personaje racista, gruñón, solitario, mal padre y un sinfín más de adjetivos descalificativos. El propio Eastwood encarna al protagonista. Con un lenguaje perturbador y cínico, el guión afila los dientes de todos los puritanos retrógrados de izquierdas, admiradores del correctísmo político e hipócritas de las inestables verdades universales. Nadie que peque del ¡Oh, Dios mío, cómo puede decir eso! se sentirá cómodo al enfrentarse a este arriesgado metraje.
Decía un famoso cómico inglés que una sociedad es plenamente igualitaria, cuando es capaz de reirse igual de los blancos y negros, judíos y cristianos, británicos y turcos. Es justo en esa premisa donde ahonda la narración, criticando la inestabilidad social de una clase media americana perdida entre las bandas de japos, negratas e hispanos.
Hay en esta obra una naturalidad desbordante, una capacidad para relatar digna del mejor escritor. El que fuera Harry el sucio; quien asolara el far west con espaguettis en la recámara o sin conceder el perdon; el que dibujó un thriller trepidante y místico en un río; o el que sacará la faceta más emotiva de Kevin Costner en Un mundo perfecto (1993). Ese es el genio llamado Clint. Un hombre que ya ha anunciado su retirada de la interpretación, pero que esperemos siga tras las cámaras regalándole al mundo belleza en 24 milímetros.
1 comentario:
la tengo que ver, me gusta mucho el cine de clint
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