
Por enésima vez, lejos de cualquier estrategia innovadora, el director Matteo Garrone enfrenta al público a varias historias paralelas. Narración simétrica que ya hemos visto y escuchado en infinidad de ocasiones -en la mayoría de ellas con mayor chispa y compenetración que en ésta-. El principal error radica en una historia monótona, sin sobresaltos ni sorpresas. Es como atravesar una planicie en la que no se contemplan montañas en las cercanías. Por mucho que miremos al horizonte, la mayor irregularidad que vemos está ambientada en persecuciones y disparos. El cineasta se limita a echar mano del neorrealismo italiano para contarnos simplemente lo que ocurre, pero sin la magia de la cotidianeo ofrecida por sus antecesores.
A pesar de ello, el fin es entretenido y visible. Una agradable introducción a la violencia sin sentido, al poder del dinero y a la influencia de los medios de comunicación. Uno de los hilos argumentales nos muestra a dos personajillos -rateros de medio pelo que quieren codearse con los grandes mafiosos- identificados con Tony Montana, el mafioso interpretado por Al Pacino en la Scarface (1983). Quiere ser como el irreverente protagonista de Brian de Palma, aunque sus escarceos por los bares de putas y el tráfico de armas se quedan en anécdotas graciosas sin moraleja.
Con un afán documental que despista y sorprende, la cinta se centra en la descripción de un universo patético, sin víctimas ni verdugos, todos están al mismo nivel en esta obra. Forman parte del entramado, lo justifican y lo engranan hasta que la pistola apunta hacia su cabeza. Sangre, venganza, angustia e irreparable realidad italiana. La ficción no engaña, sólo disimula.
1 comentario:
Aunque le dí un par de veces a la barrita FF (un poco sólo, en escenas largas) me alegro de no dejarla pendiente. Hay otra italiana que sacaron al tiempo, Il divo que sí dejé y aún no me animo.
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