
Las grandes producciones españolas suelen tener un mal punto en común: su
escasa calidad artística. Esta película,
Los Borgia (2006), no iba a ser una excepción. Aunque parte de un concepto bastante acertado a la hora de enfrentarse al cine histórico, que la llegan a hacer
entretenida, la narración peca de demasiada linealidad.
Los personajes son excesivamente planos -no sufren ninguna evolución a lo largo de la cinta- y están tan definidos a uno u otro lado, buenos y malos, que
se hacen aburridos los enfrentamientos que entre ellos pueda surgir. A esto hay que sumarle la multitud de escenas inconexas con el que se plaga el filme, con una evidente falta de capacidad por parte de su director -
Antonio Hernández- para manejar las elipsis, lo que le resta gran verosimilitud al metraje.
Sería excesivo
mandar a la hoguera a todo el reparto, pues entre todos los resquicios fotográficos y musicales -la ambientación es tan correcta como previsible- encontramos a un formidable
Antonio Dechent. Los registros de este brazo ejecutor de
César Borgia, auténtico protagonista, consiguen estremecer al público y dotar a la historia de la suficiente fuerza dramática para no abandonar la sala o apagar el DVD.
Con cuatro nominaciones a los
Goya, la película narra la historia de la familia de
Los Borgia. De orígenes valencianos -despreciados en
Italia por considerárseles extranjeros y ambiciosos por encima de todo y todos-, sus miembros consiguen alzarse con el cetro del poder del
Vaticano. De ahí se parte para navegar por los entresijos palaciegos de una Iglesia corrupta y falsa.
Por todos los puntos en común -ambiente, curas, etc.- recuerda a la mucho más compleja
Lutero (2003) de
Eric Till. Aunque tan sólo son pequeñas
pinceladas comunes, porque el resultado final es muy distante.